LAS PRÁCTICAS ARTÍSTICAS EN LA
CONSTRUCCIÓN DE MEMORIA SOBRE LA
VIOLENCIA Y EL CONFLICTO*
* Este artículo es producto de la investigación: “El arte como archivo, lo otro como testimonio, el artista como
testigo”, realizado desde el Grupo de Investigación ‘Arte y Cultura’ del Departamento de Humanidades e Idiomas de
la Universidad Tecnológica de Pereira (UTP). Vigencia 2011-2013.
El arte y la cultura como escenarios de visibilidad, denuncia, y resignificación
del pasado
En Colombia, la prolongación de las condiciones del conflicto armado, con sus múltiples
etapas y mutaciones, la circulación diaria y superficial de imágenes y relatos sesgados de
acontecimientos violentos por los medios masivos de comunicación, ha generado cierto
proceso de naturalización de la violencia. Nuestra sociedad poco a poco ha ido perdiendo la
capacidad de asombrarse frente al dolor del otro, frente a la pérdida, frente a la muerte, la
desaparición y el silenciamiento.
Sin embargo, frente a esta aparente pasividad y letargo social, las prácticas culturales y artísticas
contemporáneas comprometidas con la emergencia de nuevas interpretaciones sobre el
panorama social y político desde distintas formas y niveles, que van desde la militancia directa
en organizaciones y movimientos colectivos, hasta procesos de carácter más independiente,
configuran formas expresivas que promueven sentido crítico frente a la violencia sociopolítica,
convirtiéndose en escenarios de agenciamiento y construcción de memoria y expresión
colectiva alrededor de las demandas de justicia y verdad o como expresiones simbólicas
que enuncian y visibilizan aspectos problemáticos en relación con hechos, acontecimientos
relacionados con la violencia política o con los excesos de poder.
En el marco de estas expresiones, el cuerpo ha venido cobrando vital importancia como
territorio de sentido y de empoderamiento social, desde manifestaciones como las de las
Madres de Plaza de Mayo, el colectivo de HIJOS en Argentina, las jornadas de lavado de la
bandera en Perú en tiempos de Fujimori, algunas otras manifestaciones en Chile en la dictadura
de Pinochet, relacionadas con la Escena de Avanzada, privilegiaron el cuerpo como instancia
expresiva, explorando, de manera simultánea, su carácter expuesto y vulnerable y su capacidad
de empoderamiento en tanto naturaleza expresiva y gestual.
El cuerpo implica exposición, riesgo, exterioridad; implica aparecer ante y entre los otros,
inaugura la relación ética, como diría Lévinas, el acceso al rostro del otro es en sí mismo
ético (Lévinas, 1991), el cuerpo presenta y representa, es acción particular, subjetiva y al
mismo tiempo es convención o transgresión, se hace escenario del juicio de los otros, de su
señalamiento, de su coacción e incluso de su violencia. Tal vez por esto podríamos decir con
Agamben que el cuerpo es el principio de la política (Agamben, 2000) en la medida en que su
actuar, su dirigirse a los otros, implica de entrada una intensidad que se expresa políticamente.
El artista expresa con su cuerpo, no solo para representar los cuerpos violentados, para traer
a la presencia los desaparecidos, sino como posibilidad de encarnar la memoria, es decir, de
hacerla cuerpo, dándole otro registro al recuerdo, otra gramática que complemente e incluso
contraste su función narrativa desde la palabra y le permita habitar otros lenguajes.
En Perú, el colectivo teatral Yuyachkani, realiza en 1990 la obra teatral Adiós Ayacucho, en la
cual problematizan episodios, hechos y acontecimientos ocurridos en los años de dictadura
fujimorista. En la obra teatral uno de los personajes representados era Alfonso Cánepa, un
campesino, arrestado, torturado, mutilado en el marco de la dictadura, representado por el
actor Augusto Casafranca.
El arte y la cultura en la construcción de memoria sobre la
violencia y el conflicto armado
En Colombia los procesos de construcción de memoria colectiva sobre la violencia política,
la mayoría de las veces signados por el silencio, el miedo y la represión, encuentran en el arte
contemporáneo y en las expresiones culturales escenarios de visibilidad que contrastan con las
visiones hegemónicas y las estructuras del poder que tradicionalmente han llamado al olvido
y al silencio.
Las prácticas estético-artísticas configuradas en este horizonte de relaciones, comportan
la posibilidad de hacerse testimonio y archivo de memorias sobre la violencia política. Sin
embargo, aquí la noción de archivo no es comprendida como un depositario que ordena un
material siguiendo patrones hegemónicos, sino como un dispositivo de enunciación, visibilidad
y performatividad que detona, provoca sentidos inscritos en el cuerpo individual o social en un
contexto que no permite su emergencia en otros registros, porque las palabras nunca pueden
decirlo todo o incluso lo fundamental.
La palabra es un recurso al que accedemos para acercarnos a la expresión del otro o lo otro que
nos afecta, pero casi siempre es palabra frustrada, incompleta y en el ámbito de la violencia y de
la guerra la experiencia se compone también de manera fundamental de silencios e indecibles.
Esta parte de la reflexión se ocupará inicialmente de un breve tránsito por algunas manifestaciones
culturales y estético-artísticas ligadas a procesos de transición política y construcción de
memoria o que simplemente tematizan sentidos y significados relacionados con la violencia
política, tanto en Colombia como en algunos países de Latinoamérica, así como de establecer
una contextualización alrededor de algunos elementos de orden teórico y conceptual con el
fin de aproximarse, en último lugar, al contexto colombiano y específicamente al contexto de
Trujillo, con el fin de establecer un marco comprensivo que nos permita analizar el papel del
arte y la cultura en la construcción de memoria y resignificación del pasado de las víctimas y
sus familiares con relación a la violencia y el conflicto armado.
El 4 de junio de 2001, Augusto Cánepa, encarnado por Casafranca, sale del teatro y del montaje
teatral de Yuyachkani, para recorrer el espacio público, es decir, deja el escenario, el espacio de
la representación para presentarse físicamente en la Plaza de Armas de Lima; ese día el Presidente
del gobierno de transición, Valentín Paniagua, formalizaría el Decreto que permitía la creación
de la Comisión de la Verdad en el Perú.
Casafranca, encarna, es decir, presta su cuerpo para que Augusto Cánepa haga presencia al
lado de las organizaciones de víctimas que aguardaban la formalización de la creación de la
Comisión de la Verdad. Su acción, más performativa que teatral, buscaba cumplir con la debida
llegada de una carta de Cánepa al Presidente del gobierno de transición. Un fragmento de la
carta decía lo siguiente:
Señor Presidente:
Por la presente el suscrito Alfonso Cánepa, ciudadano peruano,
domiciliado en Quinua, de ocupación agricultor, comunica a usted
como máxima autoridad política de la república lo siguiente:
El 15 de julio, fui apresado por la guardia civil de mi pueblo,
incomunicado, torturado, quemado, mutilado, muerto. Me
declararon desaparecido.
Usted habrá visto la protesta nacional que se ha levantado en mi
nombre, a la que añado ahora la mía propia pidiéndole a usted
que me devuelva la parte de mis huesos que se llevaron a Lima.
Como usted bien sabe, todos los códigos nacionales y todos los
tratados internacionales, además de todas las cartas de Derechos
Humanos, proclaman no solo el derecho inalienable a la vida
humana, sino también a una muerte propia, con entierro propio y
de cuerpo entero. El elemental deber de respetar la vida humana
supone otro más elemental aún que es un código del honor de
guerra: los muertos, señor, no se mutilan. El cadáver es, como
si dijéramos, la unidad mínima de la muerte y dividirlo como se
hace hoy en el Perú es quebrar la ley natural y la ley social. Sus
antropólogos e intelectuales han determinado que la violencia
se origina en la subversión. No señor, la violencia se origina en
el sistema y en el Estado que usted representa. Se lo dice una
de sus víctimas que ya no tiene nada que perder, se lo digo por
experiencia propia. Quiero mis huesos, quiero mi cuerpo literal,
entero, aunque sea enteramente muerto […]. (Rubio, 2006: 13)
Casafranca, recrea a Cánepa, lo hace presente, pero tal representación no solo cumple con
una función simbólica, sino que al inscribirse en el espacio público y físico del poder, se hace
también acontecimiento, experiencia colectiva, inscripción política de la memoria. Es como si
Cánepa, resistiera a su propia muerte con la única finalidad de testimoniar, de contar lo vivido,
de imponerse al silencio de la desaparición.
¿Cuáles podrían ser la relaciones de contraste que podrían establecerse entre el testimonio de
este mismo hecho en el marco de este gesto estético o en el marco de un informe final de la
Comisión de la Verdad?
Podría decirse que mientras el informe reconstruye el hecho de manera objetiva, estableciendo
su facticidad e inscribiéndolo dentro de las formas conceptuales y categoriales oficiales del recuerdo, el gesto estético ficciona y recrea algunos de los aspectos ligados al mismo hecho en
el marco de la representación. Sin embargo, precisamente lo que quisiéramos señalar aquí es
que las diferencias no están dadas tan solo en los aspectos formales, sino fundamentalmente en
el tipo de inscripción y forma de materialización de la memoria, en la naturaleza misma de lo
que podría, en este caso, comprenderse como testimonio.
Para Giorgio Agamben, el testimonio lleva en sí mismo los signos de su propia limitación,
su propia laguna, pues, quienes podrían ofrecer el relato más ajustado a la forma como se
dieron los hechos de violencia son precisamente los que no pueden testimoniar, es decir, los
asesinados, los desaparecidos. De este modo, el testimonio intenta hacer inteligible algo que
por naturaleza no puede serlo, y desde este punto de vista su lugar se configura entre lo dicho
y lo no dicho y, por tanto, la verdad sobre el pasado solo alcanza a configurarse como una
manifestación espectral.
Así, advierte Agamben “el testimonio vale en lo esencial por lo que falta en él, contiene en su
centro mismo, algo que es intestimoniable, que destruye la autoridad de los sobrevivientes”, el
testimonio está constituido también por indecibles, en él “hay algo como una imposibilidad de
testimoniar” (Agamben, 2000: 34).
En un contexto diferente, enmarcado en uno de los acontecimientos más emblemáticos de
la historia reciente del conflicto armado en Colombia, La masacre de Trujillo, la artista visual
Yorlady Ruiz realiza en 2009, en el marco de la X peregrinación en homenaje a las víctimas de
este hecho, el perfomance titulado La Llorona.
En tal acción, la artista retoma una de las figuras legendarias de mayor presencia en las
narraciones orales de esta zona del país y de muchos otros contextos latinoamericanos: una
mujer que deambula por los caminos rurales, cerca de los ríos, llorando y lamentándose por
sus hijos desaparecidos.
Yorlady, recrea esta leyenda y la articula al marco social y político de Trujillo en donde, año tras
año, un grupo de mujeres de las distintas veredas y corregimientos en los que se perpetró la
masacre hace más de 20 años, conmemoran de manera colectiva con una acción simbólica de
peregrinación, la desaparición de sus seres queridos.
En este contexto, la acción de peregrinar tiene una connotación particular, dado el papel de la
Iglesia católica en los procesos de organización de las víctimas y de reconstrucción del tejido
social, el símbolo del padre Tiberio Fernández Mafla, asesinado en la masacre, así como la
misma disposición del parque monumento, cuyo diseño hace referencia a una especie de
calvario. Tal panorama hace de las peregrinaciones un escenario de confluencia de formas de
ser religiosas, culturales y de reivindicación política, frente al silencio y la impunidad.
Yorlady Ruiz recorre las orillas del río, encarnando la imagen del ser legendario, el llanto y el
clamor por sus hijos desaparecidos del personaje de la leyenda se actualiza en cada una de las
madres que aún esperan, tal vez ya no encontrar sus hijos con vida, pero por lo menos saber
qué pasó, antes de que sus cuerpos se sumergieran en el cauce del río Cauca e iniciaran su
recorrido anónimo. El cuerpo de Yorlady es también el cuerpo que emerge de la profundidad
de las aguas.
El artista, en tanto cuerpo ex-puesto se sitúa entre lo dicho y lo no dicho, entre el adentro
y el afuera del testimonio, en lo que la palabra no alcanza. Su gestualidad se coloca en lo
que cualquier relato objetivo establecerá como silencio e indeterminación. Su función no es
solo representativa, no busca solo recrear o ficcionar lo sucedido, sino más bien ex-poner una
presencia, materializar el recuerdo. El cuerpo del artista es al mismo tiempo soporte, medio
e inscripción de la memoria.
Referencias
Agamben, Giorgio. (2000). Lo que queda de Auschwitz. El archivo y el testigo. Homo Sacer III.
España: Pretextos.
Castillejo, Alejandro. (2008). Los archivos del dolor. Ensayos sobre la violencia y el recuerdo en la
Sudáfrica contemporánea. Bogotá: Universidad de los Andes.
Das, Veena. (2008). Sujetos del dolor, agentes de dignidad. Bogotá: Universidad Nacional de
Colombia, Pontificia Universidad Javeriana, Instituto Pensar.
Echeverri, Clemencia. (2009). Sin respuesta. Bogotá: Universidad Nacional de Colombia -
Villegas Editores.
Jelin, Elizabeth. (2002). Los trabajos de la memoria. Madrid: Siglo XXI Editores.
Lévinas, Emmanuel. (1991). Ética e infinito. Madrid: Visor Distribuciones, S.A.
Richard, Nelly. (2007). Fracturas de la memoria. Arte y pensamiento crítico. Argentina: Siglo XXI
Editores.
Rubio, Miguel. (2006). El cuerpo ausente. Perú: Teatro Yuyachkani.
Sánchez, Gonzalo. (2003). Guerras, Memoria e Historia. Bogotá: ICANH.
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